Los cuatro jinetes de la procrastinación.

Los cuatro jinetes de la procrastinación.

La procrastinación del latín procrastinare: pro, adelante, y crastinus, mañana es la acción o hábito de retrasar actividades o situaciones que deben atenderse, sustituyéndolas por otras más irrelevantes o agradables.

Seguro en más de una ocasión te has visto obligado a elegir entre cumplir con una responsabilidad o ver-así-de-rápidín qué hay de nuevo en las redes sociales y ¡bam! Perdiste una hora dando “likes” a fotos de mascotas con sombreros chistosos. No te juzgamos, al contrario, lo entendemos. Porque nos ha pasado.

Según Piers Steel, autor de The Procrastination Equation: How to Stop Putting Things Off and Start Getting Stuff Done: “Es hacerse daño a uno mismo”.

Para ser más claros, la procrastinación se remite a postergar algo importante a sabiendas de las repercusiones de dicho aplazamiento.

Por poner un ejemplo, imaginemos a un estudiante que necesita concentrarse para escribir un ensayo. Nuestro imaginario alumno tiene, literalmente 20 kilos de libros llenos de información por leer, procesar y adaptar para su trabajo. Del mismo modo tiene una consola de juegos de video y la promesa de un montón de amigos esperándolo para jugar.

A pesar de tener el tiempo encima, el estudiante decide procrastinar, toma el control de su consola y tras perder horas jugando, AHORA SÍ decide retomar su trabajo académico de manera apresurada.

Los resultados de un trabajo que fue conjugado por la procrastinación suelen ser de baja calidad, se les nota apresurados y faltos de detalles, por lo que esta acción se ha percibido como un derivado de la pereza, pero es un error.

Pongamos otro ejemplo: Un empleado en home office tiene que entregar una análisis de ventas que le exige capturar montones de números en una hoja de cálculo, pero en vez de darle prioridad a este trabajo, decide cambiarle la arena a sus gatos y barrer su hogar.

Esta actitud de postergar las responsabilidades a favor de otras acciones, sean entretenidas o no, cae en el terreno del manejo de emociones. ¡Ah caray! ¿O sea que la gente procrastina su trabajo porque se siente triste? No. Pero sí.

La ansiedad, el aburrimiento, la frustración y la inseguridad son sólo una pequeña parte del nefasto catálogo emocional que nos orilla a procrastinar.

Ante un estímulo negativo, se busca algo que pueda aligerar el momento para sentirnos mejor y, bajo ese esquema de pensamiento, alguien que procrastina es muy similar a un mediador. ¿O sea que procrastinar es encontrar la paz interior? ¡No!

Procrastinamos porque, sea la responsabilidad que debamos cumplir, ésta genera una serie de emociones negativas dentro de nosotros y buscamos cómo reemplazarlas, incluso cuando sabemos que al hacerlo entorpecemos el flujo de nuestras labores.

Si bien todos, pero en serio TODOS procrastinamos, no todos somos procrastinadores, esta etiqueta sólo se adquiere cuando se abusa de la acción y aunque no esa sido tipificada como un trastorno, según un estudio del Grupo Taylor & Francis sí existe la procrastinación crónica.

Este tipo de procrastinación se observó (según datos del estudio) en el 20% de la población adulta y hasta en un 50% entre estudiantes.

Hay dos factores principales a considerar en este tema, los externos y los personales.

Dentro de los factores externos están todas esas cosas que intoxican el ambiente y lo hacen “amigable para la procrastinación”, como el desorden en una organización, la falta de dirección en un proyecto o empresa, y el larguísimo etcétera que abarca todas esas cosas que cada individuo desearía cambiar del entorno donde desempeña sus actividades.

Pero esto no quiere decir que no se pueda hacer nada al respecto y para concluir, te presentamos a los cuatro jinetes de la procrastinación, tenlos presentes y evita subirte a sus caballos. O ser arrollado.

Las redes sociales.

Útiles que son para conectarnos con nuestros amigos, familiares y celebridades favoritas, también consumen una gran cantidad de tiempo por lo fácil que pueden desviar tu atención a un sinnúmero de temas.

Los snacks.

Cada que haces una pausa para ir por algo de comer, no consumes únicamente el tiempo que te tomará ir por tu snack, también consumes el tiempo que te toma prepararlo y comértelo. Además de perder tiempo, comer muchos snacks no es nada saludable.

Las labores del momento.

¿En serio crees que es tiempo de limpiar tu escritorio? Está bien que te guste el orden y que disfrutes de un lugar de trabajo limpio, pero siempre habrá un momento para cada cosa y debes priorizar qué es más importante.

Los breaks.

Todos sentimos que debemos apagar nuestros cerebros de vez en cuando, pero hacerlo a la mitad de un proyecto es bastante insensato, por un lado, pierdes el ritmo y por el otro, pierdes valioso tiempo que, de ser invertido en lo que es prioritario, te permitirá terminar más rápido y disfrutar de un merecido descanso.

Al final del día, el acto de procrastinar es personal y sus detonantes son tan individuales como cada uno de nosotros. Lo que para algunos es percibido como un reto digno de poner a prueba todas sus capacidades, para otros es una pérdida de tiempo que no merece ni atención.

David Marroquín

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